Lesbianas en la disco

Necesitaba un cambio de aires. Necesitaba salir de ese pueblo sin decirle a nadie donde estaba. Apagar los teléfonos y pasar una noche de juerga descontrolada con la amiga que todo el mundo desea tener y que por suerte yo tengo. No hacía falta decir nada, todo se sabía y esa noche era para darlo todo y no pensar en nada más que en nosotras mismas. “Pájaro que vuela, a la cazuela” me dijo ella partiéndose de risa mientras brindábamos con nuestras copas de vino. Sabíamos a lo que íbamos y estábamos decididas a olvidar todo lo malo por una sola noche.

Necesitaba un cambio de aires. Necesitaba salir de ese pueblo sin decirle a nadie donde estaba. Apagar los teléfonos y pasar una noche de juerga descontrolada con la amiga que todo el mundo desea tener y que por suerte yo tengo.

No hacía falta decir nada, todo se sabía y esa noche era para darlo todo y no pensar en nada más que en nosotras mismas. “Pájaro que vuela, a la cazuela” me dijo ella partiéndose de risa mientras brindábamos con nuestras copas de vino. Sabíamos a lo que íbamos y estábamos decididas a olvidar todo lo malo por una sola noche.

El vino fue cayendo por nuestras gargantas durante nuestro recorrido por la zona vieja. Hablábamos con unos y otras descaradamente, sin vergüenza, tonteando con todos e, incluso, entre nosotras mismas. Ligeramente perjudicadas por los vapores etílicos, nos fuimos a bailar a un pub de ambiente que a ella le gusta mucho. Estaba lleno de gente, hombres y mujeres, gays, lesbianas y heteros. Todos bailando desaforadamente en la pista de baile. Y nosotras en nuestra línea moviéndonos para nosotras y para el mundo, y, a cada poco, nos dirigíamos a la barra en busca del licor que engaña a la vista y a la cabeza, ese que nos hace mas felices mientras está dentro.

Mientras nos contoneábamos al ritmo de alguna música ochentera, nos sentimos observadas por una persona que bailaba cerca de nosotras. Era una muchacha de grandes ojos oscuros, al igual que su pelo largo, un impresionante cuerpo encerrado en un mono vaquero azul. Me eché a reír porque miraba a mi amiga, y no es precisamente lesbiana. “Ya has ligado, nena”, a lo que ella respondió “No lo tengas tan claro preciosa”.

Seguimos bailando y seguimos siendo observadas por aquellos increíbles ojos negros, y cuando menos lo esperábamos, allí se plantó la morena, saludando con picardía a mi amiga, dejándonos a las dos de piedra y a mi muerta de risa. Si, muerta de risa, hasta que se giró hacia mí agarrándome por la cintura y dedicándome un baile sensual mirándome a los ojos. Cuando conseguí reaccionar mi amiga no estaba conmigo, si no en medio de la pista rodeada por un montón de “reinas”.

Sentí una mano en mi barbilla que me giraba la cara y acto seguido unos labios tocando los míos. No se si la situación, el lugar o el alcohol, pero aquel beso se convirtió en algo excitante y loco. Me acercó a la pared mas cercana y allí apoyadas nos seguimos comiendo la boca de manera ferviente, y metiéndonos mano de una manera tan lujuriosa que en mi vida pensé que llegaría a hacer.

Nos separamos por un momento ya que mi amiga me llamó para seguir tomando y en ese momento me preguntó mi nombre. “Para que lo quieres saber, si después de esta noche no nos vamos a volver a ver” Yo tampoco quiero saber el tuyo”. Y con mirada de fuego, y cogidas de la mano, volvimos a la barra para tomarnos una ronda más.

“Me tienes muy cachonda, ojos verdes, ¿quieres venir conmigo a pasar un buen rato a solas?”. No lo pensé mucho, estaba muy perjudicada y no tenía ganas de estar en ese sitio durante más tiempo. Fui a avisar a mi amiga, que por suerte, estaba merendándose a un chico que le sacaba dos palmos de altura. “Me voy. Mañana te llamo”, y con la boca llena, acertó a acariciarme la cara como signo de aprobación.

Nos fuimos a su casa. Su cuarto estaba lleno de pósteres de cantantes lolitas y de parejas lesbianas televisivas. Preferí cerrar los ojos y no pensar en la edad de la persona que tenía entre los brazos. Hubo un pequeño intento por su parte de saber algo más de mi, intento que aborté besándola casi sin respirar y colocándome bajo ella.

Su cuerpo era fibroso, fuerte, de curvas marcadas. Estaba deseando sacarle el envoltorio y comprobar que de cierto había en su piel. No hay nada mas sensual que desabrochar lentamente una cremallera y empezar a ver poco a poco tu regalo, y este regalo era increíblemente sexy. Un sujetador de encaje naranja daba el toque de color a toda esa piel blanca y suave. Mi lengua recorría su escote mientras mis manos seguían deshaciéndose de lo que sobraba en una cama en donde solo caben dos cuerpos desnudos, y las suyas se aferraban a mi pelo engominado. Descubrí sus senos, pequeños, duros, bien puestos, coronados con dos pezones que me apuntaban desafiantes pidiéndome guerra, y vaya si se la di. Mientras mi lengua y mis dientes se encargaban del izquierdo mis dedos jugaban con el derecho.

Mi cabeza daba mil vueltas y cerré los ojos. La imagen que se me apareció era la equivocada, no podía ser, no quería ver esa imagen, no. Notó la falta de concentración y me tumbó, acostándose ella a mi lado y comenzando a tocarme, acariciarme y besarme. Sus manos tomaron rumbo hacia mi pubis y su boca se asió a mis pezones arrancando de mi garganta un gemido. Sentí como me penetraba con sus dedos, sentí placer, sentí como me humedecía, y también sentí que no estaba en esa habitación, y sentí también que no era esa chiquilla la que me estaba tocando. Mi cabeza se evadió de aquel lugar y mis ojos no veían lo que tenía delante, si no que veía lo que mi subconsciente quería ver. El placer que sentía no me lo estaba proporcionando la desconocida cuyo nombre no sabía, si no Ella. Mis gemidos eran cada vez más fuertes, más sonoros y sus movimientos cada vez más rápidos y más placenteros. Pero sabía que no me iba a correr, el alcohol no me lo iba a permitir, así que hice que cambiáramos los papeles.

Me puse sobre ella y comencé un camino descendente con mi boca, con mis manos. El cuerpo que yacía bajo el mío temblaba con cada movimiento. Saqué mi lengua para tocar su hinchado clítoris y mis dedos buscaron su agujero para corromperlo, para buscar agua. Volví a cerrar los ojos. No quería ser consciente de ese momento, quería ver lo que no podía. Me levantó la cabeza para que la besara, mientras mi mano seguía penetrándola una y otra vez. Mis dedos se veían aprisionados por un estrecho conducto y ella me abrazaba fuerte. Mi mano estaba muy húmeda, mojada. Saqué mis dedos de su interior y pasaron a acariciar de forma rápida y fuerte su clítoris y un grito en mi oído me indicó que se acababa de correr.

Nos besamos de manera suave, me acariciaba la cara y el pelo. Mi borrachera ya casi era historia y sin más dilación me puse de pie y empecé a vestirme.

La chiquilla me miraba como sin saber que hacer. “¿Por qué no te quedas a dormir?” “Porque no sería una buena idea”.

“¿Qué es lo que estás buscando?” “No busco nada, solo intento vivir el momento”. “¿Quieres mi número?” “No, dudo mucho que te vuelva a llamar. Pero ya nos veremos por ahí”.

No dijo nada más, yo tampoco. La besé de nuevo y me fui de allí. Me subí al coche y partí pensando en lo estúpidos que podemos llegar a ser en determinados momentos, y en la de piedras que tenemos que sortear a veces… algunas son muy grandes…

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